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sábado, 9 de enero de 2010

CARMEN SCHAUB

CARMEN SCHAUB
(1947)

Usando las hierbas más conocidas y queridas, Carmen Chaub con singular destreza
las va uniendo y conformando una obra de rara belleza que nos conduce hacia regiones
de gratísimos aires y aromas..
Ojalá sus obras aparezcan con más continuidad para disfrutar su gran talento...
Debe seguir brotando, floreciendo este hermoso cantar...



EN ESTE CLAUSTRO DE VIOLINES

En este claustro de violines
sangra el adobe
y la lluvia golpea los muros de un jardín sin nombre

Palabra como serpiente
ronda
se niega
me hace girar
sin fin
devolviéndome al punto de partida

LLUEVE EN LA CALLE CONCORDIA

Lluve en la calle Concordia. Y ella, tras la ventana,
imperturbable del escrito, se asoma
con ojos anchos a esa calle de invierno, empinada
sobre sus ocho años, con esa mezcla de expectación y
temor de cada martes por la tarde.

A sus espaldas, el piano negro aguarda.
Y ella aguarda la llegada impostergable de Sra.. Inés.
Sabe que nadie detiene esa lluvia y que nada,
nada detendrá a la profesora de piano, ni sus temores,
ni el fino soliloquio de la lluvia.
El piano seguirá también en aquel rincón
detrás de la puerta, severo y erguido, cautivante
con su madera reluciente, azabache,
que le recuerda un negro espejo.

La lluvia y el espejo. Secretos murmullos cosquillean
bajo la piel, entibian la yema de sus dedos,
hacen bailar sus pupilas y toda ella siente la música
que ese piano encierra.

Lentamente se aproxima. Cautelosa, coloca
la palma de las manos, húmedas de ventana, sobre
la tapa negra, brillante, palpando el reflejo de su cara
sobre aquel espejo, y el murmullo de la lluvia
inunda todos los rincones.

Afuera en la calle Concordia, llueve.
Dentro sus dedos milenarios vibran, deslizándose
sobre las teclas. Las teclas de un sarcófago. Sarcófago
de la discordia.


AMANECE Y LAS COSAS...

Amanece y las cosas empiezan a adelgazar
y a estirarse como gatos hambrientos.
Llueve. La lluvia se repite, baja por un
lado, sube por el otro, en un soliloquio
continuo que es como el continuo diálogo.

El día, somnoliento, sigilosamente me
cuelga los ganchos oxidados de sus ojos.
Sola, casi dichosa, con mi mundo íntimo
intocado por quienes callan como olas
dormidas, leo, intentando comprender
cada una de las palabras secretas.

Un día de lluvia donde todas las horas son
horas sin citas ni compromisos. Escribo.
Un soliloquio continuo con mis voces, con
mi voz, con la única voz que tengo para
entenderme con los demás y conmigo
misma.

Un día filtrado entre dos días
y un fantasma de humo de palabras.

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